Conduje directamente al hospital, rezando para estar equivocada… y aterrorizada de no estarlo.
Llegué al hospital con el corazón latiéndome tan fuerte que sentía que iba a estallar.
No recuerdo exactamente cómo estacioné el coche. Solo recuerdo correr hacia la entrada de urgencias con Noah en brazos, envuelto en la manta, mientras él seguía llorando con ese sonido desesperado que aún me helaba la sangre.
—¡Ayuda! —grité apenas crucé la puerta—. ¡Por favor, ayuden a mi nieto!
Una enfermera se acercó inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
—Creo… creo que alguien le hizo daño —dije con la voz quebrada—. Tiene un moretón… en el abdomen.
La enfermera miró a Noah y enseguida llamó a un médico.
En cuestión de segundos estábamos dentro de una sala de examen. Un pediatra joven, con gafas y expresión seria, colocó a Noah sobre la camilla y empezó a examinarlo con cuidado.
Yo estaba temblando.
Mis manos no paraban de sacudirse.
El médico levantó suavemente la camiseta del bebé y observó el moretón.
Su expresión cambió.
—¿Cuándo vio esto? —preguntó.
—Hace unos minutos —respondí—. Sus padres salieron de compras y me pidieron que lo cuidara… empezó a llorar… y cuando revisé el pañal lo vi.
El médico llamó a otra enfermera.
—Necesitamos hacer una ecografía abdominal inmediatamente.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Es… es grave? —pregunté.
El médico no respondió directamente.