Pospuso viajes.
Dejó en manos de su consejo varias decisiones millonarias.
Y se instaló discretamente en Puebla, cerca de donde vivían Valeria y los niños.
No intentó comprar su amor.
No apareció con regalos desproporcionados ni promesas vacías.
Empezó como empiezan los hombres que de verdad quieren reparar algo: con presencia.
Fue al parque.
Acompañó a Mateo a su partido de fútbol.
Escuchó a Emiliano tocar una melodía torpe en el teclado.
Ayudó a Santiago con un modelo del sistema solar, aunque terminó cubierto de pegamento y brillantina.
Los niños tardaron poco en tomarle cariño, pero no porque supieran quién era.
Sino porque Alejandro aprendió a estar ahí sin imponerse.
A veces cargaba mochilas.
A veces preparaba sándwiches desastrosos.
A veces simplemente se sentaba a oírlos hablar durante una hora sobre dinosaurios, planetas o superhéroes.
Valeria observaba todo eso desde una distancia prudente.
Quería confiar.
Pero el miedo seguía latiendo.
No miedo a Alejandro.
Sino al pasado.
A que algo volviera a arrebatárselo todo.
Una tarde lluviosa de octubre, Santiago tuvo una crisis respiratoria repentina.
Valeria estaba en una reunión escolar y no respondió el teléfono. La persona que estaba con los niños llamó, desesperada, a Alejandro, cuyo número ya figuraba como contacto de emergencia.