A veces vive dentro de la casa, sonríe en las fotografías familiares, prepara explicaciones convincentes y confía en que los adultos estarán demasiado ocupados para mirar con atención.
Valeria sobrevivió porque una tarde su padre escuchó un llanto que ella llevaba meses tratando de esconder.
Pero su verdadera recuperación comenzó después, cuando Andrés entendió que salvarla no era un solo acto heroico.
Era creerle cada día.
Era llegar a casa.
Era escuchar.
Era permitirle ser ruidosa, imperfecta, triste, alegre y libre.
Y, sobre todo, era no volver a confundir una niña obediente con una niña que estaba bien.