—Marta, yo no estoy sola. Tengo mis amigas, mis actividades, mi rutina. Esta casa no es demasiado grande para mí, es perfecta para mí.
Vi cómo su expresión cambiaba. Por primera vez desde que llegó, su seguridad se desmoronó. Se dio cuenta de que tal vez las cosas no eran como Héctor se las había contado.
—Pero… pero Héctor dijo…
—Héctor dijo muchas cosas que no son verdad. Te dijo que me preguntó si estaba de acuerdo, te dijo que hablamos de las condiciones, te dijo que acepté voluntariamente.
Cada frase era como una bofetada de realidad. Marta empezaba a darse cuenta de que había sido cómplice de algo que no estaba bien, que había participado en una decisión tomada sin considerar mis sentimientos.
—Mamá, yo… no pensamos en ti de esa manera.
—No pensaron en mí en absoluto. Pensaron en resolver su problema de espacio y decidieron que yo era la solución.
Se quedó en silencio. Por primera vez, en cinco años de ser mi nuera, Marta no sabía qué decir. Por primera vez entendió que tal vez se habían equivocado.
—Entonces, ¿no quieres que vengamos?
—¿Tú qué crees, Marta? ¿Te gustaría que cuatro personas llegaran a tu casa sin preguntarte si estabas de acuerdo?
No me respondió. Solo se quedó ahí arrugando la servilleta entre los dedos, procesando la realidad. Probablemente por primera vez se puso en mi lugar y entendió lo injusto que era todo aquello.
—Pero ya empacamos todo, ya hablamos con el dueño del departamento, ya les dijimos a los niños…
Y ahí estaba la verdadera razón por la que no podían echarse para atrás. No era que no entendieran que estaban mal, sino que ya habían quemado todos los puentes. Habían tomado decisiones irreversibles basadas en una imposición que nunca debió ocurrir.
—Marta, esos son problemas que ustedes crearon cuando decidieron por mí sin consultarme. Yo no soy responsable de las consecuencias de decisiones que no tomé.
Se levantó de la mesa. Ya no sonreía. No había dulzura en su voz. Ahora estaba molesta porque yo no estaba cooperando con sus planes como esperaba.
—Héctor me dijo que ibas a aceptar.
—Héctor se equivocó.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer ahora? No tenemos dónde vivir.
—Eso es algo que ustedes dos tienen que resolver. Yo no creé este problema.
Se fue sin despedirse, dejando las donas sobre la mesa como recordatorio de su intento fallido de manipulación. Se fue enojada, pero también preocupada. Por primera vez entendió que Renata no era la mujer mayor complaciente que habían dado por sentada.
Cuando la puerta se cerró, me senté en el sillón y respiré hondo. Había sido la primera batalla y la había ganado. Marta ya sabía que las cosas no iban a salir como esperaba. Ahora tenía que prepararme para cuando Héctor se enterara de que su plan perfecto empezaba a desmoronarse.
Saqué el celular y le mandé un mensaje a Sandra: Marta vino y se fue con una cara que no te imaginas.
La respuesta llegó de inmediato: ¿Estás bien? ¿Quieres que vaya?
Estoy perfecta. Mañana seguimos con el plan.
Por primera vez en mucho tiempo me sentí poderosa. Me sentí como Renata, no como la madre de Héctor ni como la suegra de Marta. Me sentí como una mujer que sabía exactamente lo que valía y que no iba a permitir que nadie decidiera por ella.
El jueves por la noche, Héctor llegó furioso. No tocó el timbre, no saludó, entró directo con esa cara de enojo que ponía cuando las cosas no salían como él quería. Yo estaba viendo mi telenovela favorita tranquilamente en el sillón cuando irrumpió en la sala como un huracán.
—¿Qué le dijiste a Marta?
Su tono era agresivo, exigente. No era la voz de un hijo preocupado, era la voz de un hombre acostumbrado a que las mujeres de su vida obedecieran sin cuestionar. Pero yo ya no era la misma de antes.
—Le dije la verdad: que nunca me preguntaste si yo estaba de acuerdo con que se vinieran a vivir aquí.
—Ay, mamá, ¿en serio vas a ponerte difícil ahora? Ya tenemos todo listo. Ya hablamos con el dueño del departamento. Los niños ya saben que nos mudamos y ahora sales con que no quieres.
Difícil. Como si defender mi derecho a decidir sobre mi propia casa fuera un berrinche de una mujer mayor, como si mis sentimientos fueran un estorbo molesto en sus planes perfectos.
—Héctor, siéntate. Vamos a hablar como adultos.
—No tengo tiempo para hablar. Mañana trabajo temprano y el sábado es el día de la mudanza. Solo necesito que cooperes.
—No voy a cooperar con algo que nunca acepté.
Se quedó parado en medio de la sala, mirándome como si me hubiera vuelto loca, como si una mujer de 70 años no tuviera derecho a cambiar de opinión ni a defender sus propios intereses.
—¿Qué te pasa? Antes nunca eras tan egoísta.