Hasta que el gobierno anunció el nuevo libramiento carretero que pasaría cerca de nuestra propiedad. Entonces, de repente, aquella “tierra vieja” se volvió terreno de oro para desarrolladores, hoteles boutique y fraccionamientos de lujo.
La madre de Rodrigo, doña Patricia, alzó su copa de champaña con una sonrisita venenosa.
“Elena, ya no estás en edad de manejar un rancho. Una viuda sola no puede con tantas hectáreas. Deberías agradecer que mi hijo quiera hacerse cargo.”
Algunos familiares de ellos se rieron bajito.
Vi sus caras. Para todos, yo era una mujer de sesenta y dos años, de manos ásperas, uñas cortas y cabello recogido. Una señora fácil de empujar.
Rodrigo extendió la mano.
“Las llaves.”
Respiré hondo.
“Yo le prometí a Mariana amor, techo y apoyo. No le prometí entregarle la vida de mi familia a un ambicioso.”
Su sonrisa desapareció.
“No me provoque”, murmuró.
“Eso debiste pensarlo antes de levantarme la mano.”
Mariana comenzó a llorar.
“Mamá, no arruines mi boda por un rancho.”
La miré y por un segundo vi a mi niña de seis años corriendo entre los árboles, con las rodillas raspadas y una manzana mordida en la mano. Pero frente a mí estaba una mujer asustada, entrenada para obedecer a un hombre que confundía matrimonio con propiedad.
Entonces comprendí que Rodrigo no solo quería las llaves.
Quería borrar nuestra historia.
Me enderecé aunque la cara me palpitaba.
“Cometiste un error muy grande, Rodrigo.”
Él se echó a reír.
Rodrigo bajó los escalones del salón como si todavía estuviera en control de todo. Detrás de él venía su madre, doña Patricia, envuelta en un vestido plateado carísimo y una nube de perfume que olía a dinero y amenaza.
“Usted está haciendo un ridículo espantoso”, dijo ella. “Mi familia no merece este espectáculo.”
“Tu familia acaba de ver cómo tu hijo me golpeó”, contesté.
Rodrigo soltó una risa seca.
“Yo no la golpeé. Usted se tambaleó, Elena. Yo solo intenté detenerla.”
Lo dijo con tanta calma que por un instante entendí cómo había logrado confundir a mi hija durante meses.
Mariana apareció en la puerta, levantándose el vestido para no tropezar. Tenía los ojos rojos.
“Rodrigo, por favor, ya basta.”
Él volteó hacia ella con una ternura falsa.
“Mi amor, tu mamá está alterada. Nos quiere destruir el día más importante de nuestra vida.”
Yo la miré.
“Mariana, ¿tú viste que me caí sola?”