MI SUEGRA CREYÓ QUE EL PENTHOUSE EN POLANCO ERA RENTADO… ASÍ QUE EXIGIÓ COBRARLE “CUOTA DE VIVIENDA” A MI MADRE

—¿QUÉ?

El grito de Carmen atravesó todo el departamento.

—¡¿ESTÁS IDIOTA O QUÉ?!

—¡¿CÓMO QUE OCHENTA MIL?!

—¡ESO ES IMPOSIBLE!

Alejandro se apartó el teléfono de la oreja.

Yo tomé tranquilamente mi copa de vino.

—Eso mismo pensé yo —murmuré.

Alejandro me lanzó una mirada furiosa antes de volver a hablar.

—Mamá, el contrato ya llegó…

—Pues no lo firmes.

—Si no firmamos tenemos que irnos mañana.

—¿Y QUÉ? ¡QUE NOS VAYAMOS!

Carmen respiraba agitada.

—¿Quién demonios paga ochenta mil por un departamento?

Yo sonreí apenas.

Porque ella no sabía lo mejor.

Alejandro pasó saliva otra vez.

—Mamá…

—¿Qué?

—Ya le conté a todos mis compañeros dónde vivo.

—También subí fotos al grupo de la oficina.

—Y tú ayer mismo presumiste el penthouse con tus amigas…

Del otro lado volvió el silencio.

Ahora distinto.

Más pesado.

Porque Carmen entendió exactamente lo que estaba en juego.

No era solo dinero.

Era orgullo.

Apenas el día anterior había llamado a medio mundo diciendo que su hijo vivía “como empresario de alto nivel” en Polanco.

Había enviado fotos del comedor, de la terraza y hasta del piano de mi madre.

Incluso presumió que “la suegra ya había sido puesta en su lugar”.

Y ahora…

¿Salir expulsados del penthouse en menos de una semana?

La humillación sería insoportable para ella.

—Entonces negocia —dijo finalmente—. Habla con la dueña.

Alejandro miró la tarjeta digital de Lucía otra vez.

La empresa inmobiliaria que aparecía debajo del nombre era famosa por desalojar inquilinos morosos sin piedad.

Él sabía perfectamente que no tenía poder alguno frente a alguien así.

—No creo que sea fácil…

—¡Pues inténtalo!

Alejandro respiró profundo.

Luego levantó lentamente la vista hacia mí.

—Analia…

—¿Qué?

—¿Tú ya conocías a la propietaria desde antes?

—Sí.

—¿Y nunca pensaste decirme el precio real?

Lo observé durante unos segundos.

Por primera vez desde que nos casamos, sentí que estaba viendo al verdadero Alejandro.

No al hombre amable que me llevaba flores.