Y una de las abogadas de bienes raíces más temidas de Ciudad de México.
Después de escuchar toda la historia, guardó silencio unos segundos.
Luego soltó una carcajada fría.
—Tu suegra tiene ambiciones grandes.
—Entró como visita y en menos de diez minutos ya quería convertirse en dueña de un penthouse en Polanco.
Me recosté en la silla.
—Necesito que me ayudes con algo.
—Quiero que finjas ser la propietaria.
Lucía entendió inmediatamente.
—¿Qué tan cruel quieres que sea el contrato?
Miré la ciudad iluminada debajo de mí.
Y respondí lentamente:
—Ochenta mil pesos de renta mensual.
—Mitad y mitad entre los dos.
—Prohibido que cualquier mujer mayor de cincuenta años se quede a dormir.
—Si violan la regla, desalojo inmediato.
Lucía se echó a reír tan fuerte que tuve que alejar el teléfono del oído.
—Analia…
—Finalmente te salieron colmillos.
Una hora después me envió el contrato.
Firmas electrónicas.
Sellos legales.
Todo perfecto.
A la mañana siguiente imprimí tres copias y las dejé sobre la mesa de vidrio de la sala.
Esa noche Alejandro regresó del trabajo de excelente humor.
Apenas entró, rodeó mi cintura con los brazos.
—Mi mamá me llamó hoy.
—Dijo que eres una esposa muy inteligente.
—Sabía que eras la mejor mujer del mundo.
Yo aparté sus manos suavemente.
—Llegó el contrato de renta.
Alejandro lo tomó sin darle importancia.
Tres minutos después…
Su rostro quedó completamente pálido.
—¡¿OCHENTA MIL PESOS?!
Su grito resonó por todo el penthouse.
Pasó las hojas frenéticamente mientras le temblaban las manos.
—¡Analia, esto es un robo!
—¡Cuarenta mil cada uno!
—¡¿Cómo vamos a pagar eso?!
Yo me apoyé tranquilamente en la barra de la cocina mientras bebía vino.
—¿Cuál es el problema?
—¿No quería tu mamá encargarse de la renta?
—Entonces dale el dinero a ella.