“¡Los niños estaban castigados! ¡La señora Valeria siempre se va! ¡Yo solo intentaba controlar la situación!”
Pero Sofía, con la voz bajita, dijo frente a una oficial:
“Ella le hablaba a la abuela Patricia.”
Valeria sintió que la sangre se le iba de la cara.
Patricia Salvatierra.
Su suegra.
La madre de Andrés.
Una mujer elegante, de misa dominical, collar de perlas, eventos de caridad y comentarios venenosos disfrazados de preocupación.
“Valeria, trabajas demasiado.”
“Los niños necesitan una mamá, no una empresaria.”
“Andrés jamás habría permitido que una extraña criara a sus hijos.”
Durante años, Patricia le había metido culpa como quien deja veneno en gotas pequeñas.
Y Lorena siempre estaba cerca cuando Patricia lo hacía.
Julián fue llevado al hospital bajo custodia. Antes de subir a la ambulancia, pidió hablar con Valeria.
“Yo no robé nada”, dijo con la voz rota. “Andrés me mandó una carta antes de morir. Me pidió que cuidara unos documentos. Cuando vine a buscarte, Patricia me interceptó.”
Valeria sintió que el piso se movía.
“¿Patricia te hizo esto?”
Julián tragó saliva.
“Ella y Lorena. Me tuvieron escondido primero en una casa en Cuernavaca. Después, cuando empecé a gritar demasiado, me trajeron aquí porque sabían que tú viajabas. Tus hijos me escucharon anoche. Por eso los encerraron.”
Valeria miró hacia la escalera, donde sus hijos estaban con una psicóloga de emergencia.
“¿Qué documentos quería Patricia?”
Julián la miró con miedo.
“El testamento real de Andrés.”
Valeria no pudo hablar.
Julián continuó:
“Andrés cambió todo semanas antes del accidente. Dejó las acciones, terrenos y fideicomisos bajo tu control hasta que los niños fueran mayores. Patricia no podía tocar nada. Pero si lograba demostrar que tú eras una madre negligente o inestable, podía pedir control legal como abuela.”
Valeria se llevó una mano a la boca.
Todo encajó de golpe.
Las críticas.
Los comentarios.
Las fotos que Lorena mandaba cuando los niños lloraban.
Las veces que Patricia le decía: “Qué raro que tus hijos sufran tanto cuando te vas”.
No era preocupación.