Estaban encerrados porque habían visto algo.
Valeria no avisó. No explicó. No pidió permiso.
Salió corriendo del hangar privado, dejando a su asistente gritándole detrás. Se subió a su camioneta y manejó hacia Lomas de Chapultepec como si la ciudad entera fuera un obstáculo entre ella y sus hijos.
Durante años, Valeria creyó que el peligro estaba afuera.
Por eso trabajaba tanto. Por eso aceptaba juntas, viajes, contratos, madrugadas sin dormir. Su esposo, Andrés, había muerto cuatro años antes en un supuesto accidente en carretera, y desde entonces ella había construido un imperio de logística médica para que a sus hijos nunca les faltara nada.
Casa grande.
Seguridad.
Escuela privada.
Chofer.
Cámaras.
Una niñera de confianza.
Pero mientras corría por Periférico, entendió algo terrible: ninguna cámara servía si el monstruo ya tenía llaves.
Cuando llegó a la casa, la puerta principal estaba sin seguro. Eso era raro. Lorena jamás la dejaba abierta.
Valeria entró.
La casa olía a vainilla y limpiador de lavanda. Todo parecía normal, y eso la hizo sentir peor.
Desde la cocina escuchó la voz de Lorena.
“No te preocupes. Ya debe ir en el aire. Tenemos tiempo.”
Valeria apareció en la entrada.
Lorena soltó el celular.
La sonrisa se le borró de la cara.
“Señora Valeria… usted… usted no se fue.”
Valeria no parpadeó.
“¿Dónde están mis hijos?”
Lorena abrió la boca, pero no dijo nada.
Entonces se escucharon tres golpecitos desde el pasillo.
Toc.
Toc.
Toc.
“¡Mamá!” gritó Mateo desde adentro.