Volví a acostarme con mi exesposa durante un viaje de trabajo y,Cu al amanecer, una mancha roja en la sábana me dejó sin aire. Un mes después, una llamada desde un hospital en Cancún me hizo entender que aquella noche no había sido un error… sino el principio de algo mucho más oscuro.

Yo la conocía lo suficiente para saber que cuando hablaba así era porque estaba a punto de quebrarse o de huir.

—No voy a dejar que te vayas así.

Ella sonrió, pero sin humor.

—Carlos, tú llevas tres años dejándome ir.

Eso me cerró la boca.

Me dio la espalda. Ya no parecía la mujer que había dormido a mi lado unas horas antes. En menos de cinco minutos habíamos pasado de compartir una cama a ser dos extraños con demasiada historia encima.

Antes de salir, se detuvo en la puerta.

No volteó.

—Si te acuerdas de mí después de hoy… hazte el favor de recordarme como anoche. No como esta mañana.

Y se fue.

Yo no la seguí.

Durante semanas me odié por eso.

Seguí con el viaje, con las juntas, con los planos del resort, con los ingenieros, con los números y las firmas. Pero desde esa mañana algo se me quedó atorado en el cuerpo.

Le escribí esa misma tarde:

¿Estás bien?

Tardó horas en contestar.

Sí. No me busques.

Eso fue todo.

Dos días después regresé a la Ciudad de México. Quise convencerme de que la mancha podía tener una explicación simple. Que quizá Elena estaba enferma. Que tal vez solo había sentido vergüenza. Que a lo mejor yo estaba exagerando porque la culpa de haber dormido con mi exesposa estaba buscando una excusa para seguir pensando en ella.

Intenté estar normal.

No pude.

Le escribí otra vez una semana después.

No respondió.

Intenté llamarla.

Me mandó a buzón.

Una amiga en común me dijo que Elena había pedido unos días libres en el hotel y que nadie sabía bien dónde estaba. Eso me preocupó más de lo que quería admitir.

O tal vez fue lo que me repetí para no aceptar que seguía importándome.

Hasta que pasó un mes.