Rodrigo se acercó, bajando la voz como si todavía tuviera derecho a hablarte en privado.
“Mariana, ¿qué es esto?”
“Un almuerzo,” dijiste. – Te invitaron.
—No —susurró él. “Esta casa. Este guardia. Todo este espectáculo”.
Inclinaste la cabeza.
“¿Quieres decir la pobreza que tu madre vino a inspeccionar?”
Su mandíbula se apretó.
Detrás de él, Doña Teresa se levantó como una reina cuyo trono se había movido sin permiso.
“Si esto está destinado a avergonzarnos, es infantil”.
La miraste.
– No, Teresa. Esto no pretende avergonzarte. Esa parte está sucediendo naturalmente”.
Algunos parientes miraban hacia otro lado para ocultar sonrisas.
Esa fue la primera grieta.
Te has hecho a un lado.
“Por favor, entre. El almuerzo está casi listo”.
Entraron lentamente, de repente sin estar seguros de dónde colocar sus manos, sus bolsas, su orgullo. El vestíbulo se abrió en una amplia sala con pisos pulidos, arte contemporáneo y luz solar que se vertía a través de las claraboyas. En la pared colgaba una fotografía en blanco y negro de su abuela de pie frente a una fábrica textil en los años setenta, con las mangas enrolladas, la barbilla levantada.
Rodrigo se detuvo frente a él.
“¿Quién es ese?”
– Mi abuela, Elena Varela.
Su cara cambió.
Él sabía el nombre.
Todos los que tenían conexiones comerciales reales en Jalisco conocían el nombre de Varela. Varela Textiles había sido una de las familias de fabricación más respetadas en el oeste de México antes de expandirse silenciosamente a bienes raíces, logística y capital privado. No decoraban revistas de chismes, pero sus firmas aparecían en contratos que personas como los Cortés solo soñaban con tocar.
Doña Teresa también lo escuchó.
¿Elena Varela? Ella dijo con cuidado.
“Mi abuela,” repitió.
El marido de Paola tosió.
“¿Las Varelas de Tequila Valley Holdings?”
Sonreíste.