Sin decir nada, tomé mis cosas y me fui del lugar. Esa misma noche dejé sobre la mesa del salón los papeles de la venta de la casa con un gran sello rojo que decía: *VENDIDO*.
A la mañana siguiente, Cristian llegó llorando a buscarme. Me abrazó y me pidió perdón. Dijo que había entendido demasiado tarde que ninguna riqueza vale más que el amor y el sacrificio de una madre.
Y aunque mi corazón estaba herido, también entendí que los hijos a veces se equivocan… pero todavía pueden aprender a valorar a quien siempre estuvo a su lado.