Él llegó a casa a las 10 de la noche y encontró a su esposa, embarazada de ocho meses, lavando platos sola mientras su familia se reía en la sala… pero cuando descubrió que habían tirado a la basura sus medicamentos, los miró fríamente y dijo: “Esta noche se les acaba la vida cómoda”.

Tres meses en los que él había trabajado horas extras para darles una vida cómoda, mientras su esposa embarazada limpiaba detrás de cuatro adultas sanas.

En ese momento, el bebé se movió fuerte dentro del vientre de Mariana. Ella se dobló un poco y apretó los dientes.

—¿Te duele?

—Estoy bien.

—No me mientas para protegerme.

Entonces Mariana se quebró.

—Yo solo quería que tu familia me quisiera.

Santiago la abrazó con cuidado. La sintió demasiado frágil, demasiado cansada, demasiado sola.

La llevó al cuarto, la sentó entre almohadas y llamó a la doctora. Cuando describió la hinchazón, los mareos y el cansancio, la voz de la obstetra cambió.

—Santiago, Mariana necesita reposo estricto. A estas alturas, ese nivel de esfuerzo puede ser peligroso.

Él colgó con el corazón apretado.

Mariana le tomó la muñeca.

—Por favor, no pelees por mí.

A Santiago se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Debí defenderte desde hace mucho.

Bajó las escaleras.

La televisión seguía sonando. Sus hermanas seguían riéndose. Su madre seguía cómoda.

Santiago llegó a la sala y desconectó la televisión de golpe.

Todo quedó en silencio.

—¿Qué te pasa? —reclamó Paola.

Santiago las miró una por una.

—La pregunta es qué les pasa a ustedes.

Y ninguna de ellas imaginaba lo que estaba a punto de ocurrir esa noche.

PARTE 2: Las medicinas en la basura

Doña Carmen fue la primera en ponerse de pie.

—A mí no me hablas así, Santiago. Soy tu madre.

Él señaló hacia la cocina.

—¿Quién obligó a Mariana a lavar todo eso sola?

Valeria puso los ojos en blanco.

—Ay, por favor. Son platos.

—No —dijo Santiago, con la voz baja pero firme—. Es mi esposa de ocho meses de embarazo llorando sobre un fregadero a las diez de la noche mientras ustedes comen comida que yo pagué.

Fernanda cruzó los brazos.

—Mariana siempre se hace la cansada.

Paola agregó:

—Además, ni trabaja.

Santiago la miró como si no la reconociera.

—Está cargando a mi hijo.

Doña Carmen endureció el rostro.

—Y vive en mi casa.

Esa frase fue suficiente.

Santiago respiró hondo.

—No, mamá. Esta no es tu casa. Es mía. Yo la compré. Yo pago la hipoteca. Yo pago la luz, el agua, el internet, la comida, sus teléfonos, sus salidas y sus caprichos. Y esta noche se termina su vida cómoda.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que todas las tarjetas ligadas a mis cuentas quedan canceladas.

Fernanda soltó una risa nerviosa.

—No seas ridículo.

Santiago levantó el celular.

—Ya lo hice.

Paola tomó su cartera con desesperación, abrió la aplicación del banco y su rostro perdió color.

—Mi tarjeta aparece bloqueada.

Doña Carmen dio un paso hacia él, indignada.

—¿Serías capaz de hacerle esto a tu propia familia?

Santiago no apartó la mirada.

—Mi familia está arriba tratando de no desmayarse.

Entonces Valeria murmuró algo.

Muy bajito.

Pero Santiago la escuchó.

—Tal vez si Mariana dejara de actuar como princesa embarazada, no estaríamos en esto.

Santiago giró lentamente hacia ella.

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