Pagué las flores que decorarían el escenario de mi vergüenza.
Pagué para que ella pudiera sentirse reina mientras me escondía como defecto.
Metí la mano en mi bolsa.
Saqué el cheque.
Camila lo vio y su expresión cambió apenas. La wedding planner también lo vio. Daniela sabía exactamente qué era ese papel. Lo había pedido tres veces por mensaje durante la semana.
Pago final: 25,000 dólares.
Sin eso, el salón no abría el acceso al área principal, los proveedores no descargaban todo y el banquete no se servía.
Levanté el cheque frente a mi hermana.
—¿Sabes qué es esto?
Camila parpadeó.
—Lucía, no empieces con tonterías.
—Es el pago que faltaba para que tu boda ocurriera.
Su sonrisa tembló.
—Dámelo.
Lo miré una última vez.
Pensé en mis noches trabajando horas extra.
En los fines de semana haciendo declaraciones fiscales ajenas.
En las vacaciones que no tomé.
En el local que no renté.
En la Lucía que siempre decía “sí” para que todos la quisieran un poquito.
Luego rompí el cheque en dos.
El sonido fue pequeño.
Pero todos lo escucharon.
Camila abrió la boca.
Lo rompí otra vez.
Y otra.
Y otra.
Pedacitos blancos cayeron sobre la alfombra del hotel como confeti muerto.
—Diviértete pagando a los proveedores —dije—. Sobre todo el jardín.
La cara de Camila perdió todo color.
—¿Estás loca? —susurró.
—No —respondí—. Estoy siguiendo tus reglas. Si no quieres gente como yo en tus fotos, tampoco necesitas mi dinero en tu boda.
Daniela, la wedding planner, se acercó con el rostro pálido.
—Señorita Camila… el contrato del jardín exige liquidación antes de abrir el montaje completo. Si no se cubre el pago, no podemos ingresar al salón principal.
Camila me agarró la muñeca con fuerza.
—No me puedes hacer esto.
La miré a los ojos.
—Tú ya me lo hiciste.
Mi mamá empezó a llorar, pero no por mí.
—Lucía, hija, por favor, piensa en tu hermana. Los invitados ya llegaron.
—Debiste pensar en mí cuando me llamó estorbo para sus fotos.
—No dijo estorbo.
Camila explotó.
—¡Pues lo pensé! ¿Eso querías oír? ¡Sí, pensé que iba a arruinar las fotos! ¿Tú sabes cuánto cuestan? ¿Tú sabes lo que dirán si en la mesa principal sale ella enorme al lado de mis damas?
El pasillo quedó en silencio.
Ya no había excusas.