A los 65 años, me volví a casar con mi primer amor, diez años después de la muerte de mi esposo, con la aprobación de los hijos de ambas familias. Pensé que, al fin, mi vejez encontraría un poco de paz. Pero jamás imaginé que, en la primera noche después de la boda, descubriría un secreto estremecedor que mi nuevo esposo había ocultado durante más de cuarenta años.

La letra ya no era firme como antes. Era temblorosa, cansada, pero seguía siendo suya.

“Isabel:

Si algún día descubres la verdad y sientes rabia, la aceptaré.

Si decides que no puedes seguir conmigo, también lo aceptaré.

Pero antes de irme de este mundo, necesitaba caminar contigo una vez más bajo una bugambilia, tomar café de olla a tu lado y escuchar tu risa sin que nadie nos separara.

No quiero reclamarte el pasado.

Solo quiero pedirte permiso para cuidar tus mañanas de ahora en adelante.”

Al terminar de leer, ya no pude contenerme.

Lloré como no había llorado ni siquiera cuando enviudé.

Alejandro se asustó.

—Isabel…

Pero yo le puse una mano en el pecho.

—No estoy llorando por tristeza.

Él me miró.

—Entonces, ¿por qué?