No avisé. Quise llegar de sorpresa a la casa de mis papás, donde toda la familia se reunía: mis padres, Lourdes y Ernesto; mi hermana Daniela con su esposo y su hijo Mateo; mi hermano Alejandro con su esposa y su niña. Y mi Valentina, que había pasado la tarde ahí porque yo estaba trabajando.
La puerta estaba abierta. Entré con una bolsa de regalos en la mano y me encontré con un desastre: el árbol tirado, esferas rotas, mole en el piso, refresco sobre el mantel, platos quebrados.
Pero lo peor no era eso.
Lo peor era que todos estaban sentados comiendo buñuelos y tomando ponche, como si nada. Música navideña, risas, platos servidos.
—¿Dónde está Valentina? —pregunté.
El comedor se quedó helado.
Mi mamá ni siquiera me miró.
—En el pasillo. Castigada.
Caminé y la vi.
Mi hija estaba parada en una esquina, con el vestido roto, las rodillas raspadas, llorando en silencio. En la frente, escrito con plumón negro, tenía una palabra: MENTIROSA.
Del cuello le colgaba un cartón que decía: VERGÜENZA DE LA FAMILIA.
Sentí que el cuerpo se me partió en dos.
—Mamá… —sollozó Valentina al verme.
Corrí hacia ella, la abracé, y cuando intenté quitarle el cartón, sus manitas temblaban.
—¿Quién te hizo esto?