—Ya no están solas —le dije a la pared, como si él pudiera escucharme—. Y yo tampoco.
Mi marido me ocultó una verdad que me rompió el corazón, pero también me dejó una misión.
Ese rancho, que durante años fue la puerta que me prohibieron cruzar, se convirtió en la puerta abierta para todas las mujeres que necesitaban volver a vivir.