Con una sonrisa tranquila, Diego miró a su mamá y dijo:
“Mamá, ya puedes ir pensando cuándo vas a llevar tus cosas a tu nuevo departamento.”
Hubo un silencio raro. Mi mamá dejó la copa a medio camino. Yo pensé que había oído mal.
“¿Tus cosas?” pregunté, mirándolo.
Diego ni siquiera me miró a mí. Siguió hablando con Marisela, como si yo fuera una invitada de piedra.
“Sí, para que lo vayas organizando todo con tiempo.”
Marisela soltó una risita satisfecha, de esas que siempre usaba cuando quería marcar territorio sin parecer grosera.
“Bueno, hija, ya sabes que será mejor para todos. Yo los ayudo, organizo el departamento, y así no tienen que gastar en nadie de fuera.”
No sentí tristeza al principio. Sentí vergüenza. Una vergüenza seca, punzante, al descubrir que mi marido y su madre habían hablado de nuestro futuro, del departamento que mis papás habían comprado, sin contar conmigo. Miré a Diego esperando una rectificación, una broma, cualquier señal de que aquello era un malentendido. Pero él me sostuvo la mirada con una calma insolente.
“Valeria, no exageres. Mi mamá estará más cómoda allí. Además, el departamento es grande.”
“Ese departamento era para nosotros,” le dije.
“Y sigue siéndolo,” respondió, “solo que con una distribución más inteligente.”
Mi papá, Rafael Ramírez, no dijo nada durante unos segundos. Solo observó. Él nunca levantaba la voz sin motivo. Precisamente por eso, cuando apartó la silla y se puso de pie, el aire cambió dentro del comedor. Se ajustó la chaqueta, miró primero a mi marido, luego a mi suegra, y habló con una serenidad que daba más miedo que un grito.
“Antes de que nadie empaquete una sola caja, hay algo que debéis saber sobre ese departamento.”
Marisela sonrió con arrogancia.