Los dos soltaron una risa nerviosa, quebrando el hechizo.
Justo cuando sus corazones estaban a punto de confesarse lo que sentían… el pasado tocó la puerta con fuerza.
Y esta vez, Elena no solo podía perder el amor que apenas comenzaba… sino también la tierra por la que había luchado toda su vida.
Parte 2…
Elena fue por el niño, y Tomás, con uno de los gemelos en brazos, se quedó mirándola como si las palabras correctas hubieran pasado rozándolo y aún no alcanzara a atraparlas.
No tardó mucho en llegar la tormenta.
Dos semanas después del casi-confesión, tres jinetes aparecieron frente a la casa.
Elena los reconoció de inmediato: su tío Eusebio y su primo Ramiro, parientes lejanos por parte de su padre, a quienes no veía desde el entierro de su madre. El tercero era un licenciado de la cabecera municipal, con un portafolio bajo el brazo y una expresión afilada.
Rafael—no, Tomás; careful consistency. Tomás venía del corral y al ver el rostro pálido de Elena, corrió a colocarse a su lado.
—¿Qué quieren? —preguntó ella, sin invitarlos a entrar.
Eusebio sonrió con la falsedad de quien ya se siente vencedor.
—Venimos a arreglar un asunto de familia. Resulta que estas tierras no pueden seguir en manos de una mujer sola. Hemos revisado papeles viejos. Hay una cláusula en la sucesión que permite a los varones de la familia pedir la administración si no hay marido legítimo que responda por el rancho.
Elena sintió que se le helaban las piernas.
—Eso es absurdo.
—Legal, sobrina —corrigió Ramiro—. Y además te presentas de pronto con un hombre desconocido y dos criaturas, diciendo que vas a casarte. Huele a farsa.
Tomás dio un paso al frente.
—No se atreva a hablar así.
—¿Y tú quién eres? —escupió Eusebio—. Un aparecido sin tierras, sin apellido que valga, sin nada que ofrecer. ¿Cómo sabemos que no vienes por el rancho?
—Porque yo lo invité —dijo Elena, encendida—. Porque ha trabajado estas tierras más que cualquiera de ustedes en toda su vida.
Pero el licenciado ya sacaba documentos.
—Si no aceptan que la familia asuma la administración, esto se va al juzgado.
Cuando los hombres se fueron, Elena se desplomó en una silla.
—La ley puede ponerse de su lado —susurró—. En este país, una mujer sola casi nunca gana.
Tomás le tomó las manos.
—Entonces pelearemos.
Y pelearon.
Recorrieron ranchos vecinos pidiendo testimonios. Doña Candelaria fue la primera en firmar. Luego el señor Jacinto, luego don Laureano, luego media comarca entera, todos dispuestos a declarar que Elena había sostenido las tierras sola durante años y que Tomás había llegado a trabajar, no a aprovecharse.
El abogado del pueblo aceptó representarlos a cambio de pago futuro.
—Será difícil —advirtió—. Pero si el juez ve que la hacienda produce y que el compromiso entre ustedes es verdadero, tenemos oportunidad.
Tres días antes de la audiencia, bajo una lluvia fina que convertía el patio en barro, Tomás encontró a Elena en la cocina preparando café.
Ella lo miró, los ojos brillantes pero serenos.
—Estoy feliz —confesó de pronto—. ¿Sabes por qué? Porque por primera vez en mucho tiempo, ya no estoy sola.
La honestidad de esas palabras le arrancó a Tomás el último resto de cobardía.
Se acercó despacio. Dejó la toalla en la mesa.