También había perdido su casa.
Cuando Valeria bajó en pijama, se quedó paralizada.
—Mamá, ¿qué es esto?
—Desayuno familiar —respondí—. Como pidió tu marido.
Rodrigo apareció unos minutos después, impecable, con camisa planchada y sonrisa de vendedor. Pero esa sonrisa se le borró cuando vio a Maribel.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó.
Valeria lo miró confundida.
—¿La conoces?
Maribel dio un paso al frente. Traía las manos temblando, pero la voz firme.
—Claro que me conoce. Me convenció de vender mi casa en Querétaro para invertir el dinero con su empresa. Me prometió pagos mensuales. Después desapareció.
Rodrigo soltó una risa seca.
—Doña Carmen, no sé qué circo armó usted, pero esta señora está confundida.
Teresa abrió su carpeta.
—Curioso, porque hay tres denuncias más con el mismo patrón. Mujeres solas, propiedades valiosas, contratos con empresas distintas pero el mismo beneficiario final: Rodrigo Salazar.
Valeria se llevó una mano a la boca.
—Rodrigo, dime que no es cierto.
Él cambió de tono. Ya no era amable.
—Amor, tu mamá está manipulando todo porque no quiere aceptar ayuda.
—¿Ayuda? —dije—. ¿Como la ayuda que le diste a Maribel? ¿O como la que le diste a tu exesposa, Paola, cuando usaste su negocio de banquetes como garantía y la dejaste endeudada?
Ahí Valeria se quebró.
—¿Fuiste casado?
Rodrigo la miró apenas un segundo. Ese silencio fue peor que cualquier confesión.
Entonces Don Ernesto colocó sobre la mesa unas copias de documentos mercantiles.
—Su empresa principal fue cerrada hace ocho meses. Tiene demandas pendientes y dos propiedades en litigio. No es inversionista, señora Valeria. Es un estafador.
Rodrigo golpeó la mesa.