Según Valeria, venían a pasar “unos días” porque querían una luna de miel tranquila. Según Rodrigo, los hoteles en Avándaro estaban carísimos y “nada como estar en familia”. Pero al segundo día ya hablaban de cambiar muebles, tirar una pared y convertir mi terraza en “zona de renta premium para extranjeros”.
Yo no decía nada. Servía café, escuchaba y observaba.
La tercera noche, mientras Rodrigo hablaba por teléfono en el jardín, Valeria se sentó frente a mí con esa cara que ponía de niña cuando quería manipularme.
—Mamá, Rodrigo y yo pensamos que ya no deberías vivir aquí sola.
—¿Perdón?
—Es mucho terreno para ti. Además, ya tienes cincuenta y cinco. Un departamento en Toluca o en Metepec sería más seguro. Rodrigo conoce gente que puede ayudarte a vender sin complicaciones.
Me reí, pensando que era broma.
No lo era.
—¿Viniste a tu luna de miel o a vender mi casa?
Valeria apretó los labios.
—No seas dramática. Estamos pensando en tu futuro.