Un día después de mi cesárea, mis propios padres me echaron de casa para darle mi habitación a mi hermana y a su recién nacido. Apenas podía mantenerme en pie, le rogué a mi madre que me dejara descansar.
El padre de su bebé, que hasta entonces aparecía y desaparecía cuando quería, se negó a seguir financiándole hoteles y rentas temporales.
Por primera vez en su vida, Daniela se quedó sin una red construida con el sacrificio de otra persona.
El juicio civil tardó meses.
Pero salió como Mateo había previsto.
El juez reconoció que mis padres ocupaban la vivienda por mera tolerancia de los propietarios.
Y que esa tolerancia había quedado extinguida de forma clara.
Ordenó el desalojo.
Y fijó además una cantidad por servicios impagados y daños.
Recuerdo el día exacto en que fueron a recoger las últimas cajas.
Mi madre no me miró.
Mi padre sí.
Pero con una mezcla de rencor y vergüenza que ya no me hacía daño.
Daniela abrazaba a su hijo y evitaba pasar por delante de Mateo.
Nadie gritó.
Nadie pidió perdón.
Ya no tenían margen para el teatro.
Con el departamento recuperado, Mateo me propuso venderlo.
Yo acepté sin dudar.
No quería criar a Valeria entre paredes donde toda mi vida había intentado mendigar cariño.
Lo vendimos bien.
Liquidamos el resto del préstamo.
Y dimos el enganche de una casa luminosa en Nezahualcóyotl, con elevador, una habitación para Valeria y otra que convertí en despacho cuando terminé mi incapacidad.
La verdadera ruina de mi familia no fue perder un techo.
Fue perder el control que habían tenido sobre mí desde niña.
Habían vivido convencidos de que yo siempre agacharía la cabeza.