quedó un momento quieta en la cocina, mirando la taza vacía, la luz cálida sobre la encimera, la puerta cerrada.
Su puerta.
Su casa.
Su trabajo.
Su vida.
Por primera vez en muchos años, no necesitó que nadie pidiera perdón para sentirse libre.
Le bastó con haber dejado de financiar su propia humillación y haber entendido, al fin, que cerrar una puerta también puede ser una forma de salvarse.