Cuanto más avanzaba en los cuadernos de Samuel, más entendía la clase de hombre que había sido: terco, poco hábil con las emociones, mejor escribiendo a solas que hablando a tiempo.
En algunas páginas se odiaba por no haber bajado a Asheville a armar un escándalo.
En otras se convencía de que esperar era la única manera de no perder también la tierra.
Fue en el segundo cuaderno donde apareció el nombre de Earl Cope por primera vez.
Cope era el dueño de la parcela vecina y, según Samuel, llevaba años rondando la granja con ofertas sospechosamente generosas para un lugar que todos fingían considerar inútil.
En 1978, un ingeniero había analizado el manantial de la propiedad y lo había descrito como una de las fuentes más puras de la zona, con potencial para embotellado y derechos comerciales.
Samuel dejó escrito que, tras aquella visita, la familia Cope comenzó a presionarlo para vender.
Al amanecer, Ivy bajó las escaleras con el pelo revuelto y la cara rosada por el calor.
—Mamá —dijo, como quien descubre algo increíble—.
Dormí en una cama de verdad.
Lena sintió que esa frase le rompía algo y se lo curaba al mismo tiempo.
Mercer regresó antes del mediodía, pero no venía solo.
Detrás de su coche se detuvo una camioneta vieja de la que bajó un hombre ancho, con gorra descolorida y sonrisa sin calidez.
—Ese es Earl Cope —dijo Mercer, cansado antes de hablar—.
Supongo que alguien en el pueblo le contó que ya entramos.
Cope subió al porche sin esperar invitación.
Miró a Lena, a Ivy, a la puerta abierta, y luego hizo un ruido con la lengua que parecía una falsa compasión.
—Así que al fin alguien rompió el sello.
Samuel nunca quiso venderme, pero siempre dije que, cuando llegara el momento, esa casa necesitaba manos prácticas.
—No está en venta —respondió Lena.
—Todo está en venta si el techo gotea y el invierno aprieta.
Mercer dio un paso al frente, muy recto dentro de su abrigo.
—El asunto sucesorio aún está bajo revisión.
Cualquier oferta deberá dirigirse por escrito a mi despacho.
Cope no lo miró a él.
Miró el manantial.
—Claro.
Solo vine a ayudar.
Esa loma le queda grande a una mujer sola con una niña.
La frase le recorrió la espalda a Lena como un cubo de agua helada.
Cuando Cope se fue, Mercer exhaló con fuerza.
—Ahora estoy casi seguro de que su abuelo tenía razón en desconfiar.
Voy a registrar hoy mismo el plano original y a blindar los derechos de agua antes de que alguien intente adelantarse.
Lo siguiente que encontraron no estaba en el arcón, sino en el springhouse, la construcción de piedra junto al manantial.
Ivy fue la primera en ver una trampilla bajo un banco de trabajo.
Abajo había estantes de ladrillo y, en una caja encerada, cuadernos de injertos, mapas del huerto y etiquetas de madera con nombres de variedades antiguas de manzana.
Samuel y Nora habían conservado durante años una cepa casi desaparecida, una manzana tardía que aguantaba heladas y enfermedades mejor que la mayoría.
Lena no entendió al principio por qué eso importaba, hasta que Mercer llamó a una agente agrícola del condado y ella subió dos días después con la emoción mal disimulada.
—Si estos árboles