que conoce de memoria.
Yo me quedé en la banqueta, incapaz de moverme.
Entonces la puerta se abrió desde adentro y tres niños salieron corriendo hacia él.
No lo saludaron con formalidad.
Se le colgaron del cuerpo.
—¡Alejandro!
—¡Pensé que no ibas a venir!
—¡Mira lo que dibujé!
Lo vi agacharse, sonreír de una forma que jamás le había visto en casa, dejar las bolsas en el suelo y abrir los brazos como si llevara toda la semana esperando ese momento.
Uno de los niños, un pequeño de no más de siete años, se abrazó a su cuello con una confianza feroz.
Alejandro le revolvió el cabello, le besó la frente y levantó la caja de leche como un trofeo.
Yo había ido preparada para descubrir una traición.
Y de pronto estaba mirando algo que no sabía cómo nombrar.
Me acerqué hasta una reja lateral que daba al patio.
Desde allí pude verlo mejor.
El lugar era humilde: columpios viejos, una cancha con el cemento resquebrajado, una pared pintada con soles y nubes desteñidas, macetas remendadas con alambre.
Alejandro cruzaba ese patio como si hubiera crecido allí.
Una mujer de hábito gris, ya mayor, salió a recibirlo.
Él le entregó una de las bolsas, luego la otra, y después le dio un sobre pequeño que ella intentó rechazar.
Alejandro insistió.
Ella terminó aceptándolo con los ojos húmedos.
—Dios te bendiga, hijo —alcancé a escuchar.
Hijo.
Aquella palabra me atravesó de una forma extraña.
Yo seguía apoyada contra la reja cuando alguien habló detrás de mí.
—Si vino a buscar al señor Alejandro, está adentro.
Me giré sobresaltada.
Era otra mujer, quizá de cincuenta años, con una libreta bajo el brazo y una expresión amable pero cansada.
Le expliqué, tartamudeando, que yo solo… que yo lo había seguido… que era la madre de su esposa.
La mujer no me juzgó.
Solo me miró un segundo con una tristeza serena, como si ya hubiera visto muchas veces el daño que puede hacer una sospecha mal iluminada.
—Pase —me dijo—.
Yo soy Marta, la administradora.
Entré sintiendo que cada paso me pesaba más que el anterior.
Adentro olía a jabón barato, arroz recién hecho y humedad vieja.
Había dibujos infantiles pegados con cinta en un pasillo largo.
Nombres escritos con plumón.
Mochilas desiguales colgadas de ganchos torcidos.
Todo era precario, pero limpio.
Digno.
Hecho con el cuidado de quienes saben que el cariño también puede construirse con remiendos.
Marta me condujo hasta una sala de usos múltiples.
Alejandro estaba allí, de espaldas a nosotros, arreglando la pata rota de una mesita mientras dos niños lo observaban como si fuera capaz de reparar el mundo entero.
Sobre otra mesa había cuadernos, lápices, medicinas y varios paquetes de galletas.
Una niña chiquita le sostenía una llave inglesa con solemnidad de asistente experta.
Yo me quedé quieta, mirando.
Marta bajó la voz.
—Viene todos los sábados.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Desde hace años.
Sentí un nudo seco en la garganta.
—¿A ayudar?
Ella me miró.
—A volver.
No entendí de inmediato.
O tal vez sí, pero mi corazón no quiso aceptarlo tan rápido.
Marta señaló el pasillo del fondo.
—Alejandro vivió aquí.
No recuerdo haber respirado en los segundos siguientes.
Solo recuerdo el zumbido dentro de mis oídos y mis manos enfriándose de golpe.
Miré otra vez