Luego cuatro.
Después una noche dejé seis perfectamente alineadas y al amanecer quedaban tres.
La falta de sueño puede volverte torpe, pero no ciega.
Empecé a contar en voz baja cada vez que abría la nevera.
Llegué incluso a tomar una foto con el móvil antes de acostarme.
A la mañana siguiente la comparé con lo que quedaba dentro, y sentí un pinchazo en el estómago.
No estaba imaginando nada.