Dos días después, cuando regresó a casa con la misma sonrisa tranquila, me encontró sentada en el sofá.
—¿Cómo estuvo Italia? —le pregunté.
Se quedó congelado.
Por primera vez… no tenía una respuesta preparada.
Lo miré a los ojos y sonreí ligeramente.
—Tranquilo… no hace falta que expliques nada. Ya lo sé todo.
Su rostro cambió.
El control que siempre tenía… desapareció.
Esa noche no hubo gritos.
Solo silencio.
Y el sonido de una puerta cerrándose para siempre.
Hoy, meses después, sigo trabajando, sigo cansada… pero libre.
Porque a veces perderlo todo… es la única forma de recuperarte a ti misma.