La brecha del lado norte de mi rancho era vieja, roja, angosta, cercada por mezquites, huizaches y palo verde cansado. En verano se volvía polvo, en invierno, lodo. Aquella mañana era puro polvo. Primero vi un remolino extraño a lo lejos. Luego distinguí movimiento. Y después los vi bien.
Una mujer de rodillas, presionando barro húmedo contra una estructura de ramas torcidas. Un muchachito cargando un palo pesadísimo con los brazos marcados por el esfuerzo. Y una niña sentada en el suelo caliente, con las manos llenas de lodo hasta los codos, mirando a ninguna parte con ese vacío que tienen los niños cuando el cuerpo ya se rindió pero todavía no sabe nombrarlo.
Me acerqué despacio para no asustarlos. Bajé del caballo y dije lo único que cabía en aquel momento.
—Buenos días.
La mujer levantó el rostro. Era joven, no más de treinta. Pero el sufrimiento le había hecho el trabajo de muchos años. Lo traía en la piel reseca, en las manos abiertas por las puntas de los dedos, en los ojos. No me miró con miedo, ni con esperanza. Me miró como mira la gente que ya se quedó sin energía para esperar nada.
—Buenos días —respondió apenas.
Nada más. No preguntó quién era. No se explicó. Volvió a presionar barro contra aquella pared torcida como si yo fuera solo otro elemento del paisaje: el sol, el polvo, un hombre con caballo, lo mismo daba.
Eso me dijo más que cualquier historia.
De cerca vi lo que ya sospechaba. Aquello se iba a caer. El barro estaba secando disparejo, las ramas eran demasiado flacas, una de ellas ya se curvaba bajo el peso. El niño, que luego supe que se llamaba Diego, tenía la mirada seria de los que crecieron demasiado rápido. La niña, Lupita, no lloraba. Eso era lo peor. Cuando un niño ya no llora, es porque ya gastó todo lo que tenía.
—¿Van a vivir aquí? —pregunté.
La mujer siguió trabajando mientras respondía.
—Todavía no. Pero va a ser aquí.
Miré alrededor. No había nada. Ni sombra buena, ni casa, ni pozo, ni cerca. Aquello era un claro olvidado entre propiedades, tierra de nadie. Lo más cercano era mi rancho, a unos veinte minutos a caballo.
—¿Qué les pasó?
Esta vez sí se detuvo. No de golpe. Como si la pregunta le hubiera llegado tarde al cuerpo. Bajó las manos, respiró hondo y empezó a contarme en pedazos. Se llamaba Catalina. Venía del sur de Veracruz con sus dos hijos. Su marido se había ido “a un trabajo de tres días” y nunca volvió. Ni carta, ni explicación, ni cadáver. Nada. Esperó unos meses. Luego dejó de esperar y se puso a sobrevivir.