Pero insistió tanto que consiguió enterarse de que la propietaria era una mujer de apellido Hernández.
Mi apellido.
Mi teléfono volvió a vibrar sin descanso.
Llamadas.
Audios.
Mensajes desesperados.
No contesté ninguno.
Esperé hasta la noche y encendí el teléfono solo para escuchar un audio de Diego, con la voz rota, repitiendo una y otra vez que debía de haber un error.
Entonces Rodrigo me miró desde el otro lado del escritorio y dijo que aún faltaba una firma final en la entrega de llaves, una firma presencial.
Levanté la vista.
Respiré hondo.
Y supe que al día siguiente tendría que mirarlos a los ojos, justamente delante de la casa con la que habían soñado.
Y esa mañana… todo estaba listo para que la verdad dejara de esconderse.
Parte 2…
A las once de la mañana siguiente llegué a la urbanización de Zapopan, en las afueras de Guadalajara, con un vestido azul marino sencillo, gafas oscuras y el cabello recogido.
No quería parecer una vencedora arrogante…
sino una mujer que por fin había decidido recuperar su dignidad.
A mi lado estaba el licenciado Rodrigo Salazar, mi abogado.
Frente a la entrada de la residencia, Diego y Sofía ya esperaban.
Y con ellos estaba Valeria, mi nieta… sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo.
Diego tenía el rostro tenso, agotado por la noche sin respuestas.
Sofía evitaba mirarme directamente.
—Mamá… —dijo Diego al fin—. ¿Qué está pasando? Nos dijeron que la casa… ya no está disponible.
No respondí de inmediato.