Nunca me quejé.
Me repetía que la familia es la familia, que a cierta edad una aprende a tragar orgullo por amor.
Lo que ellos no sabían era que, dos semanas antes, había comprado un boleto en una agencia del centro de Guadalajara, casi por costumbre…
y me había tocado una suma absurda:
mil quinientos millones de pesos mexicanos.
Cuando vi los números, pensé que me fallaba la vista.
Revisé el boleto tres veces.
Luego en otra agencia.
Y después con un abogado especializado en patrimonios.
Todo era real.
De repente, yo… la mujer a la que trataban como a una invitada incómoda… tenía dinero suficiente para desaparecer del mapa o para cambiar la vida de cualquiera.
No se lo conté a nadie.