—Mírame, Clara.
No fue un grito. Fue peor. Fue una orden suave que se sintió en los huesos.
Clara levantó el mentón. El ardor de la humillación le subió hasta los ojos. Quiso desaparecer, volverse aire, hundirse entre las tablas del porche.
Santiago observó el moretón con una quietud peligrosa.
—¿Quién te hizo eso?
Clara abrió la boca buscando la mentira que había ensayado durante todo el camino.
—Fue un accidente, don Santiago. Me tropecé en la banqueta del mercado y…
Él dio un paso al frente. Las botas golpearon la madera con un sonido seco.
—Eso no es una caída —dijo—. Son marcas de dedos. Alguien te agarró la cara.
Clara sintió que el aire se le rompía dentro del pecho. Las lágrimas se juntaron en sus ojos. Ya no había nada que esconder.
—Fue Elías Treviño —susurró al fin—. No aceptó que yo terminara el noviazgo.
Santiago no respondió enseguida. El silencio se volvió oscuro entre ambos.
—¿Desde cuándo? —preguntó por fin.
—Hace tres meses acabé con él. Pero empezó a ponerse violento hace dos semanas.
—¿Fuiste con el comisario?
Clara negó con la cabeza.
—Elías tiene amigos, dinero, apellido. Dice que nadie va a creerle a una maestra sola antes que a él.
Algo cambió en la mirada de Santiago. No era solo rabia. Era una promesa.
Antes de que él hablara otra vez, se escuchó el golpeteo rápido de unos pies pequeños en el pasillo.
—¡Miss Clara! —gritó una niña.
Los gemelos de Santiago, Tomás y Lupita, aparecieron corriendo con sus cuadernos en la mano. Tenían ocho años y la costumbre de llenar la casa de ruido desde que Clara había llegado meses atrás para enseñarles.
Lupita se frenó en seco.
—¿Se lastimó?
Santiago se movió de inmediato. Se puso frente a Clara, cubriéndola.
—Tuvo un pequeño accidente —dijo con calma—. Ya está bien. Vayan a preparar sus pizarras.
Los niños obedecieron, aunque voltearon varias veces con inquietud.
Cuando desaparecieron por el corredor, Santiago volvió hacia ella.
—Después de clase, en mi despacho. Vamos a hablar de esto.
Durante la siguiente hora, Clara apenas pudo sostener la tiza. Las manos le temblaban tanto que Tomás le preguntó si tenía frío. Cuando llegó la señora Hortensia, el ama de llaves, para relevarla, Clara caminó hasta el despacho con las piernas flojas.
Santiago estaba de pie junto a la ventana. Detrás de él se extendían los cerros color cobre y los potreros brillando bajo la tarde.
—Siéntate —dijo.
Clara obedeció.
—Ya mandé a dos hombres al pueblo —anunció él—. Desde hoy no vas a salir de este rancho sola. Si necesitas ir a algún lado, irás acompañada. Si necesitas cualquier cosa, me la pides a mí o a Hortensia.
Ella parpadeó, abrumada.
—No puedo pedirle tanto, don Santiago.
Él se acercó y, para su sorpresa, se agachó frente a ella hasta quedar a su altura.
—No me lo pediste —respondió—. Tú cuidas a mis hijos. Y yo no dejo que lastimen a alguien que me importa.
Las palabras la tocaron de un modo que le dolió. Llevaba semanas sintiéndose pequeña, perseguida, sola. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió vista.
Aquella noche durmió sin despertarse sobresaltada.
A la mañana siguiente, el rancho tenía otro aire. No era más amable ni más ligero, pero sí más seguro. Dos de los hombres de más confianza de Santiago, Julián el Tuerto y Mateo Rojo, recorrían los linderos desde el amanecer. No hacían preguntas. Solo vigilaban.
Clara siguió dando clases en la sala grande. Tomás batallaba con las multiplicaciones. Lupita dibujaba letras redondas con una concentración casi feroz. La vida intentaba seguir como si nada pasara, pero cada vez que Clara levantaba la vista encontraba a Santiago cerca: junto a la puerta, en la galería, fingiendo revisar una silla rota o el fuego de la cocina. Siempre atento. Siempre vigilando que ella estuviera bien.
Y eso era peligroso también.
Porque cada vez que lo veía, algo distinto comenzaba a latirle en el pecho.
Los niños, como todos los niños, fueron los primeros en darse cuenta.
—Papá, ¿por qué hoy no estás con los vaqueros? —preguntó Tomás una tarde.
Santiago se aclaró la garganta.
—Porque un hombre debe saber qué están aprendiendo sus hijos.
Pero sus ojos fueron a dar a Clara, y ella sintió las mejillas calientes.
La calma se rompió el jueves.
Clara estaba en la cocina con Hortensia, cortando manzanas para un pay, cuando el sonido de unos cascos llegó como una amenaza. Rápido. Duro. Violento.
Luego una voz desde el patio:
—¡Clara! ¡Sé que estás ahí!
Se le heló la sangre.
No era Elías, pero conocía esa voz. Era Jacinto, uno de sus hombres. Un bruto obediente que hacía el trabajo sucio cuando Elías quería mantener limpias las manos.
Hortensia retrocedió, pálida.
—El patrón Treviño quiere hablar con usted —gritó Jacinto—. ¡Salga ahora mismo!
A Clara casi se le resbaló el cuchillo.
Pero entonces una mano grande cerró de golpe la ventana de la cocina.
Santiago ya estaba allí.