lágrimas; lloró más fuerte que su propio hijo, no por dolor sino por la emoción abrumadora de tener por fin a ese pequeño en sus brazos, de ver sus deditos diminutos, de oler su piel nueva. Y en ese momento mágico, Chris la besó suavemente en la cara, le limpió las lágrimas con sus propios dedos y le susurró al oído esas palabras que ella recordará hasta el último día de su vida:
“Lo hiciste, mamá”. Ahora ese bebé tiene una habitación llena de juguetes coloridos, dos padres que se turnan para darle de comer en la madrugada sin quejarse jamás, y una familia que aprendió a ignorar a aquellos que no saben amar desde la diferencia. La mujer que aquella tarde les dijo que no deberían tener hijos probablemente sigue por ahí, juzgando a otros sin saber el
daño que causan sus palabras. Pero Chris y Chris ya no recuerdan su cara; la han reemplazado por la cara de su hijo cuando sonríe por las mañanas, por la sensación de sus bracitos rodeando sus cuellos, por el futuro que están construyendo juntos, ladrillo a ladrillo, con paciencia,