Le eché un vistazo. “¿Por el entrenamiento de béisbol de ayer?”.
“Puede ser. Empezó anoche”.
Le miré la espalda, pero no tenía moretones ni hinchazón. “Probablemente te diste un tirón”.
Encontré la pomada que le había recetado el médico y se la froté en la parte baja de la espalda. “Te pondrás bien. Intenta estirarte antes de acostarte”.
“Mamá, me duele la espalda”.
***
A la mañana siguiente, Caleb estaba en mi puerta, pálido y frustrado.
“Mamá, no puedo dormir en mi cama. Me duele al tumbarme en el colchón”.
Eso me llamó la atención. Entré en su habitación, pero la cama parecía normal. Presioné el colchón. Parecía firme, pero no roto. Comprobé el armazón y los listones de debajo.
“Quizá sea el somier”, murmuré.
Caleb se cruzó de brazos, inseguro.
Presioné el colchón.
Pasé lentamente la palma de la mano por el centro del colchón, y lo sentí normal. Pero entonces, bajo el acolchado, sentí algo sólido y rectangular.
Le di la vuelta al colchón.
A primera vista, todo parecía estar bien. Entonces noté unas puntadas débiles cerca del centro, pequeñas costuras que no coincidían con el patrón de fábrica. El hilo era ligeramente más oscuro, como si alguien lo hubiera vuelto a coser a mano.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
A primera vista, todo parecía estar bien.
“Caleb, ¿cortaste tú esto?”.
Sus ojos se abrieron de par en par. “¡No! Te lo juro, mamá”.
Le creí.
Me temblaban los dedos al trazar la costura. Lo habían hecho intencionadamente.
“Vete a ver la tele”, le dije.
“¿Por qué?”
“Vete. Por favor”.
“¡No! Te lo juro, mamá”.
Cuando se fue, tomé unas tijeras.
Dudé un segundo.
Una parte de mí no quería saberlo. Pero si no hacía nada, el misterioso objeto seguiría allí.
Corté las costuras. Cuando metí la mano en el colchón, esta rozó un metal frío. Saqué una pequeña caja de metal. Llevé la caja al dormitorio que una vez compartí con Daniel y cerré la puerta.
Durante un largo momento, me quedé sentada en el borde de la cama sosteniéndola.
Saqué una pequeña caja de metal.
Por fin reuní valor y la abrí. Dentro había varios documentos, dos llaves que nunca había visto y un sobre doblado con mi nombre escrito con la letra de Daniel.
Me quedé mirándolo un minuto entero antes de abrirlo con manos temblorosas.
“Amor mío, si estás leyendo esto, significa que ya no estoy contigo. Había algo que no podía decirte mientras estaba vivo. No soy quien creías que era, pero quiero que sepas la verdad…”.
Se me nubló la vista. Tuve que parpadear varias veces para seguir leyendo.
“Había algo que no podía decirte mientras estaba vivo”.
Escribió sobre un error que cometió hace años, durante una época difícil. Mencionó haber conocido a alguien.